El
acuerdo firmado con el mayor enemigo de Estados Unidos desde la caída
de la Unión Soviética, identificado como el “eje del mal”, es
un sacudón en la geopolítica mundial de incalculables
consecuencias. Lo que está en juego, además de la paz, es la
continuidad del petrodólar, o sea la hegemonía de la moneda
estadounidense.
Hace
unos meses parecía inalcanzable. Antes de la primavera árabe era
imposible. Pero después del acuerdo que evitó una invasión a
Siria, forzado por Rusia, todo parece posible en Medio Oriente y, tal
vez, en otras partes del mundo. El entramado de alianzas que durante
medio siglo mantuvo cierta estabilidad en la región se ha
desvanecido. Los tres aliados tradicionales de Estados Unidos,
Israel, Arabia Saudí y Egipto, van perfilando caminos divergentes
respecto a la superpotencia, mientras Rusia ensaya su retorno y China
aumenta su protagonismo en una región clave.
Como
ya aceptan todos los analistas y buena parte de los medios,
Washington ya no juega solo en el tablero global. Algunos asesores
que siempre han jugado un papel determinante en las decisiones de la
Casa Blanca, como el influyente Zbigniew Brzezinski, Consejero de
Seguridad Nacional de Jimmy Carter (1977-1981), venían pregonando un
acuerdo con Irán desde la llegada a la presidencia de Hassan Rohani,
conocido por su pragmatismo. “El Congreso se está finalmente
avergonzando de los esfuerzos de Netanyahu por dictar la política
estadounidense”, escribió en su cuenta twitter días atrás
(Eldiario.es, 15 de noviembre de 2013).
El
acuerdo firmado entre los integrantes permanentes del Conejo de
Seguridad de la ONU
(China, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Rusia), más
Alemania, con Irán, tiene una duración de seis meses y establece
una reducción del alcance del programa nuclear iraní a cambio de
suavizar el embargo internacional. Irán se compromete a rebajar a la
mitad el uranio enriquecido al 20 por ciento, no enriquecer a más
del 5 por ciento en el futuro, y a no aumentar la capacidad de
enriquecimiento de la planta de uranio de Natanz ni de los reactores
de Fordow y Araki, ni a construir nuevas instalaciones aceptando la
supervisión de la Agencia Internacional de Energía Atómica.
Washington
a su vez se compromete a suspender el boicot al petróleo iraní,
desbloquear fondos de Teherán en el exterior, suspender las
sanciones sobre la industria automotriz y a los servicios aéreos,
además de permitir la compra por Irán de alimentos, medicamentos y
equipos médicos.
El
acuerdo alcanzado en la madrugada del domingo en Ginebra tiene varias
ventajas para las partes: se asegura que Irán no desarrollará armas
nucleares y preserva su derecho a desarrollar un programa de energía
atómica con fines pacíficos. Podría ser el primer paso en 35 años
para llegar a un entendimiento de largo plazo entre la República
Islámica y Occidente, aunque persisten focos de tensión y
desavenencias tanto en la región como a escala más global. Por
diferentes motivos, los principales ganadores son Irán, Estados
Unidos, Rusia y China, mientras los más perjudicados son Arabia
Saudí e Israel. Francia procuró descarrilar las conversaciones,
pero finalmente debió ceder.
El
realismo de Obama
Comprender
las dificultades de Washington es el tema clave, ya que es el actor
que había construido el edificio de la gobernabilidad global que
ahora se resquebraja. Intentar restaurar su influencia pasa por un
acuerdo con Teherán, pero no por los motivos que se aducen. En
efecto, es altamente improbable que Irán pueda construir un arma
nuclear en un plazo breve. Todo indica que en el futuro inmediato
seguirá habiendo sólo una potencia nuclear en la región, Israel.
Por otro lado, Paquistán e India se convirtieron en potencias
nucleares sin el consentimiento de Washington, pero el primero es
ahora su aliado y coquetea con el segundo.
El
problema para Obama está en otro lado: necesita un urgente
reposicionamiento geopolítico. La creciente influencia de Rusia en
la región y sobre todo de China en el mundo, llevaron al Pentágono
a establecer la estrategia del “pivote Asia Pacífico” para
contener al país que visualiza como su principal competidor. Todos
sabemos que el futuro de la economía mundial pasa por Asia. Además,
desde el comienzo de la primavera árabe en 2011 Washington perdió
aliados vitales que antes eran incondicionales: Turquía, Israel,
Arabia Saudí, Irak. Demasiada inestabilidad que le impide
concentrarse en Asia. Por eso el analista Pepe Escobar escribe:
“Washington quiere más influencia en el suroeste de Asia, y en
toda Eurasia” (Russia Today, 15 de noviembre de 2013).
“Con
el acuerdo temporal obtenido con Irán en Ginebra, Barack Obama
acaricia el mayor éxito de política exterior de su presidencia y
Estados Unidos la mejor oportunidad de un rediseño de la geopolítica
mundial desde la caída del Muro de Berlín” (El País,
25 de noviembre de 2013). Si ese acuerdo no se obtuvo antes, fue
porque el frente interno estadounidense no lo permitía. Si se
consigue ahora, es por la necesidad de reposicionarse en una región
a la que está atado de pies y manos. Tres años atrás, cuando
Brasil y Turquía llegaron a un acuerdo para que Irán enriqueciera
uranio fuera del país, “estaba haciendo una concesión que
ahora no necesitó hacer”, destacó el ex canciller y actual
ministro de Defensa Celso Amorim (Folha de São Paulo, 27 de
noviembre de 2013).
Para
Irán era urgente una tregua, sobre todo aliviar las sanciones que
sacuden su economía. La inflación alcanzó el 30 por ciento, la
desocupación el 20 por ciento. Las exportaciones de petróleo, que
representan el 80 por ciento de los ingresos del gobierno, cayeron a
la mitad. La moneda iraní, el rial, se devaluó el 100 por cien
frente al dólar y los precios de los alimentos se duplicaron. Es
cierto que Irán siguió exportando crudo a más de 30 países, entre
ellos India y China, y que la mitad de su comercio con Beijing se
realiza en yuanes, lo que afecta al dólar. Además el levantamiento
de las sanciones aportará 8 mil millones de dólares a Teherán por
el acceso a activos congelados en el exterior y la reanudación del
comercio.
Si
el acuerdo se consolida y avanza en los próximos seis meses, la Casa
Blanca tendrá las manos más libres para dedicarse a lo que
realmente le importa: cercar a China apoyándose en Japón, Corea del
Sur y Australia. Y, por supuesto, en su flota de portaaviones y su
red de bases militares.
La
nueva alianza saudí-israelí
La
diplomacia china aseguró que el acuerdo firmado es “sólo el
comienzo” y destacó que aún queda un largo camino por
recorrer (Xinghua, 25 de noviembre de 2013). “China
continuará facilitando las conversaciones y desempeñará un papel
constructivo en este sentido”, dijo el portavoz de la
cancillería.
China
es probablemente el país más interesado en evitar una guerra en la
región, que involucraría a varias potencias y llevaría al cierre
del Estrecho de Ormuz en el Golfo Pérsico, por donde pasa el 20 por
ciento del petróleo que se comercializa en el mundo. Si eso
sucediera, el precio podría duplicarse y los flujos podrían
interrumpirse afectando principalmente a los países asiáticos y a
Europa. Por el contrario, Washington camina hacia la autosuficiencia
energética y sus fuentes de abastecimiento se encuentran más
diversificadas que las de su principal competidor.
Para
Moscú es importante poner fin a la guerra en Siria y “cambiar
el énfasis de derrocar a Bachar al Assad a combatir el terrorismo”
(The Brics Post, 25 de noviembre de 2013). Algo similar sucede
con el gobierno iraquí de Nouri al Maliki, que necesita superar la
terrible polarización entre sunitas y chiítas que ha sumido al país
en el caos, una década después de la invasión estadounidense. En
ambos casos el papel de Teherán no es menor. Aliado de los
presidentes de Irak y Siria, puede convertirse en pieza clave para
bajar los decibeles, apoyándose en la cada vez más influyente
diplomacia rusa.
Pero
la cuestión clave es la nueva alianza entre Israel y Arabia Saudí.
El primer ministro Benjamín Netanyahu regañó en conversación
telefónica a Obama ya que considera “un error histórico”
la firma del acuerdo con Irán, porque “el mundo se ha
convertido en un lugar mucho más peligroso” (Russia Today,
26 de noviembre de 2013). Por su parte, la familia real saudí se
mostró indignada con el acuerdo con Irán. Los saudíes sufrieron en
poco tiempo la doble derrota de ver cómo se les escapó de las manos
el esperado triunfo en Siria y ahora cómo su archienemigo Irán se
convierte en interlocutor privilegiado de Washington, desafiando su
liderazgo en la región.
Algunas
fuentes sostienen que los servicios secretos israelíes y saudíes
están trabajando juntos para preparar ataques en suelo iraní,
mientras la BBC aseguró
hace varias semanas que Arabia Saudí pretende conseguir armas
nucleares a través de Pakistán, cuyo programa atómico apoyó en su
momento. Más grave aún es que Riad está dispuesto a facilitar
drones, aviones cisterna y helicópteros, además de su
espacio aéreo, para un ataque israelí a Irán.
Lo
más probable, empero, es que los nuevos aliados no ataquen
directamente a Irán sino que intensifiquen el enfrentamiento en el
frente sirio y, probablemente, en Líbano, donde la milicia chiíta
Hezbolá sigue siendo un problema para Tel Aviv. Al parecer el ataque
suicida contra la embajada de Irán en Líbano, que costó la vida a
23 personas hace dos semanas, sería parte de la escalada que se
prepara en la región para intentar contrarrestar la nueva relación
de fuerzas. El otro punto débil es la Franja de Gaza, donde el
delegado de la ONU
declaró que la crisis humanitaria como consecuencia del bloqueo
israelí al gobierno de Hamas ha llegado a “todos los servicios
esenciales, como hospitales, clínicas, estaciones de bombeo de aguas
residuales” (Asia Times, 27 de noviembre de 2013).
Medio
Oriente fue el nudo de la hegemonía estadounidense desde 1945. Ahora
ya no lo es y su interés se desplaza gradualmente hacia Asia
Pacífico. Pero en esta zona que sigue teniendo una importancia
estratégica, la cosas se han complicada demasiado para Washington.
Desde la caída de Hosni Mubarak durante la primavera árabe perdió
el control de Egipto. Israel se ha convertido en un aliado
problemático y Arabia Saudí está mirando hacia China. Las
principales piezas del ajedrez estratégico se mueven cada una por su
lado sin un mando central que las pueda regular.
Petróleo
y dólares
El
escenario sobre el que se mueven las principales potencias en Medio
Oriente fue diagramado, durante la Primera Guerra Mundial, por
Francia e Inglaterra a través del acuerdo secreto Sykes-Picot, el 16
de mayo de 1916, arbitrando sus respectivas áreas de influencia en
la región cuando el petróleo adquirió importancia estratégica al
sustituir al carbón como combustible de las marinas de guerra. En
febrero de 1945, retornando de la Conferencia de Yalta, el presidente
Franklin Roosevelt desembarcó en el Canal de Suez para reunirse con
la autoridad saudita, Ibn Saud, consolidando una alianza por la cual
la potencia victoriosa de la Segunda Guerra Mundial sustituyó el
papel que había tenido Inglaterra.
La
Casa de Saud se convirtió en el principal abastecedor de petróleo
barato a la potencia que era responsable de casi la mitad del pib
global. El reciente informe de la Agencia Internacional de Energía
señala que gracias a las nuevas técnicas como la fractura
hidráulica, Estados Unidos alcanzará y superará a Arabia Saudí
como principal productor de petróleo. Y señala que eso se producirá
en 2015. Como quien dice, un viraje que está a la vuelta de la
esquina.
Para
Estados Unidos es importante asegurar su autosuficiencia energética,
toda vez que la dependencia de las importaciones ha sido uno de sus
flancos más débiles. Pero el papel de Riad queda en el aire. A
comienzos de 2012 China y Arabia Saudí firmaron un acuerdo para la
construcción de una enorme refinería para producir 400 mil barriles
diarios en 2014, en el puerto de Yanbu, en el mar Rojo. La estatal
china Sinopec será propietaria de un 37,5 por ciento de la refinería
junto con la saudí Aramco que tendrá el 62,5 por ciento.
El acuerdo representa “una
asociación estratégica en la industria de la refinería entre uno
de los principales productores energéticos de Arabia Saudí y uno de
los principales consumidores del mundo”, afirmó el presidente
de Aramco, Khalid Al-Falih (China Daily, 16 de enero de 2012).
China importa el 56 por ciento del petróleo
que consume; el reino saudita es el principal proveedor de petróleo
de China y el mayor exportador de crudo del mundo. China participa en
proyectos de construcción de infraestructuras en Arabia Saudí,
incluyendo áreas como ferrocarriles, puertos, electricidad y
telecomunicaciones. Lo que se está gestando es un viraje de larga
duración en el área petrolera mundial y muy en concreto en la
presencia china en una región, y en un país, que fue pilar de la
hegemonía de Washington.
El
año 2012 registró ese viraje: China desplazó a Estados Unidos como
principal importador de crudo saudí. Pero el tema es más profundo:
en 1972 Estados Unidos y Arabia Saudí acordaron que todo el petróleo
vendido por la monarquía sería nominado en dólares
estadounidenses. Así nació el petrodólar que fue adoptado por casi
todos los países y se convirtió en el sostén de la economía de la
superpotencia, otorgándole una ventaja que ningún otro país
poseía.
En 1975, todos los países de la
OPEP habían acordado fijar el precio de sus propias reservas de
petróleo en dólares estadounidenses a cambio de armas y protección
militar. Este sistema del petrodólar, más conocido como “petróleo
por dólares”, crea una inmediata demanda artificial de dólares en
todo el mundo. Al aumentar la demanda mundial de petróleo, también
aumenta la demanda de dólares de Estados Unidos.
De ese modo el dinero que gasta el mundo fluye a través de la
Reserva Federal asegurando la financiación de la deuda
estadounidense. Además, tiene el privilegio de hacerse con el
petróleo del mundo gratuitamente, al imprimir los billetes con los
que paga.
Si
el petrodólar se derrumba, el dólar se termina como moneda de
reserva lo que marcará el fin de la hegemonía estadounidense. Los
países integrantes del brics
empezaron a comerciar en sus propias monedas, en particular China y
Rusia. La llave la tiene Arabia Saudí. El día que deje de vender su
petróleo en dólares, el sistema financiero y Wall Street sentirán
un impacto demoledor. Recordemos que la verdadera razón para la
invasión a Irak fue que Saddam Hussein decidió vender su petróleo
en euros.
El
declive del dólar se acelera en los últimos años con acuerdos
entre China y Emiratos Árabes Unidos, Brasil, Rusia y los brics
entre ellos, pero también Japón y Australia, para utilizar sus
propias monedas (Geab 72, febrero 2013). A comienzos de 2013
el Laboratorio Europeo de Anticipación Política señalaba que
“levantar las sanciones a Irán es la primera etapa para el
pago en euros del petróleo importado por Europa” y añadía
que el viejo continente no debería “hacerse
cargo de la inestabilidad y la debilidad de la economía
estadounidense”.
Esta
tendencia choca de frente con la internacionalización del yuan, la
moneda que más se ha apreciado frente al dólar. Síntoma de lo que
se viene, es el vertiginoso aumento de las compras de oro por los
bancos centrales en 2012, las mayores desde 1964 (CNBC, 14 de
febrero de 2013). El Banco Popular de China acaba de informar que “el
país ya no se beneficia con el aumento en sus tenencias de moneda
extranjera”, por lo que puede frenar la compra de dólares
(Bloomberg News, 21 de noviembre de 2013). China tiene
reservas de 3,6 billones de dólares, el triple que cualquier otro
país y más que el pib
de Alemania.
Una
característica de los tiempos de transición suele ser la
aceleración de los cambios y, sobre todo, la tendencia a resolver
los conflictos por la vía militar. El acuerdo con Irán aplaza una
guerra en Medio Oriente, pero puede acelerar la tensión en Asia
Pacífico.
El
retiro de tropas y armada en zonas antes estratégicas para E.E.U.U.
y la concentración de fuerzas en Asia Pacífico, parece respaldar la
posibilidad de una priorización para el país Norteamericano en
contener a China de una u otra forma.
La
verdadera guerra que se ha estado gestando es entre estas potencias y quizá no había sido tan evidente hasta ahora.
Estados
Unidos no está dispuesto a entregar su hegemonía sin luchar, y esta
postura hace muy peligrosa una posible escalada de tensiones, hasta
desencadenar una guerra de grandes proporciones entre estas potencias
y sus aliados.
Si
los otros focos de tensión geopolítica eran de cuidado, este puede
ser el verdadero camino para un desastroso desenlace, en donde queda
en evidencia el verdadero propósito dominante de las dos fuerzas dominantes y
su postura imperialista.
-
Raúl Zibechi, periodista uruguayo, escribe en Brecha y La Jornada y
es colaborador de ALAI.
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